viernes, 26 de marzo de 2010

Tras el sonido de la cerradura


Inmensas extensiones de campo surgían ante sus ojos.
El suelo estaba cubierto de un verde manto de hierba tupida y había árboles grandes y pequeños, verdes y rojizos cuyas hojas se mecían armónicamente por la brisa que corría juguetona entre sus ramas.
La cúpula celeste que se extendía sobre la línea del horizonte estaba decorada de nubes blancas, algunas de algodón y otras desdibujadas que al llegar el atardecer se pintaban de tonalidades rosáceas mientras el sol rompía la línea entre el cielo y la tierra.
Él andaba descalzo por las laderas, podía correr a gran velocidad, dar volteretas, trepar a los árboles y ver la brisa rozando la tela de sus pantalones. Podía saltar tan alto que era capaz de tocar las nubes. A veces iba hasta el río y metía los pies en el agua, otras escalaba hasta una roca muy alta, la más alta de todas (donde ningún otro niño se habría atrevido a subir) y desde ahí contemplaba el camino andado. Otras veces simplemente metía los pies en el barro para ver la huella que dejaban.
Podía andar, como todos los niños, hasta que el sonido de la cerradura le devolvía al salón de su pequeño piso donde pasaba las tardes sentado en su silla de ruedas. Y tras el sonido de la cerradura aparecía su madre que, como siempre, dejaba su abrigo en el colgador de la entrada mientras preguntaba “¿Dónde estás, cariño?” y como siempre él respondía que en el salón mientras la realidad iba imponiéndose sobre la fantasía, y entonces ella se dirigía a Él y le colmaba de besos y caricias.
Sus padres nunca se quisieron demasiado “Éramos demasiado jóvenes” repetía su madre sin parar, y poco después de su nacimiento su padre había desaparecido para siempre.
Ella se había hecho cargo de Él. Le había enseñado a leer y a escribir, y también matemáticas e historia.
A Él le encantaba leer, dedicaba horas a esta actividad y había desarrollado una capacidad sorprendente, casi inimaginable de vivir cada historia leída como si fuera real.
Su madre le quería con locura, y Él hacía lo posible por no preocuparla. No estaba seguro de lo que le pasaba, pero sabía que era distinto a los demás niños y más de una vez pudo oír a su madre contándole al teléfono lo triste y asustada que estaba por su salud, y también oía su llanto callado algunas noches después de haber ido los dos al hospital.
Mamá trabajaba muchas horas para poder cubrir los gastos, pero nunca se quejaba y Él siempre la recibía con una sonrisa.
Pasaba las tardes sólo en el piso y ahí había creado una realidad donde era capaz de cualquier cosa, aunque no se dedicaba a imaginarse haciendo nada sobrehumano como volar u otras fantasías infantiles, simplemente caminaba de todas las formas posibles, unas veces muy despacio, y otras más rápido que nadie.
En su realidad era un chico sano, no le costaba respirar y nunca tenía ojeras, ni se preocupaba por las medicinas.
Alguna vez le había contado a su madre cómo era capaz de hacer todo eso, y ella le escuchaba entusiasmada, sonriente, pero a Él no se le escapaba la sombra de tristeza que nublaba su mirada. Así que se convirtió en su mundo secreto y nunca le habló a nadie más de su existencia.
Por la noche mamá y Él veían juntos la televisión abrazados en el sofá. La programación era lo menos importante ya que pasaban el rato charlando animadamente.
Él le preguntaba por el trabajo y ella siempre tenía alguna anécdota divertida que contar; algunas reales y otras inventadas (o eso creía Él aunque nunca se lo había dicho, ella también tenía derecho a fantasear).
Mamá era joven y guapa, tenía algunas arrugas y ojeras fruto inevitable de la vida que le había tocado vivir, pero Él estaba seguro de que si tuviese más tiempo libre y saliese con sus amigas, si tuviese amigas o conocidas, si no estuviese todo el día trabajando y toda la noche cuidándole, ella podría encontrar a alguien que la quisiese y la cuidase a ella para variar. Pero mamá no salía, ni tenía muchas amigas, y estaba todo el día trabajando y cuidándole, así que no tenía tiempo de conocer a nadie.
Una tarde como cualquier otra Él se acercó a la ventana del salón. Estaba solo. Desde ahí pudo ver a otros niños de su edad jugando en la calle, oía los gritos y las carcajadas, estaba llegando el verano, y en el vecindario se había desatado una batalla de globos de agua y mangueras. Un atisbo de tristeza asomó a su mirada, pero enseguida recordó a mamá y lo que ella solía decirle: “No tienes nada que envidiarles. Tú eres un niño muy especial y algún día todos ellos querrán ser tus amigos”. Levantó la vista y entre los dos edificios que se alzaban frente a Él, al otro lado de la calle, pudo ver como se asomaban tímidamente las verdes laderas de una montaña.
De pronto, los edificios de fueron difuminando hasta desaparecer, y los ladrillos se convirtieron en flores y rocas y los niños en árboles y las calles en ríos, y antes de darse cuenta Él volvía a estar de pie sobre la hierba. Respiró profundamente y no tosió, se sentía más sano y más fuerte que nunca. Como todas las tardes, miró hacia abajo, y en vez de sus dos extremidades enclenques y deformadas, pudo ver dos piernas fuertes y firmes.
Comenzó a moverlas muy despacio, vio como los dedos de sus pies desaparecían entre el manto verde que cubría el suelo.
Miró hacia el frente y vio una gran montaña rocosa. Comenzó a caminar hacia ella, sintió como su cuerpo se llenaba de un torrente de energía vital y echó a correr alargando cada zancada, saltando y volteándose con una gran sonrisa iluminando su rostro.
Se detuvo a mitad de camino para trepar al árbol más grande. Ya conocía muy bien la forma de hacerlo ya que repetía el mismo proceso todas las tardes. Sabía que de todos los niños de su edad Él era el único capaz de subir tan alto. Al llegar a la última rama se dispuso a bajar pero algo le detuvo. Afinó el oído... nada... le había parecido oír la risa de alguien, pero eso era imposible ya que nadie más conocía ese mundo. Bajó hasta el suelo de un salto y siguió corriendo hacia la montaña.
El cielo se cubrió de nubes grises y comenzó a llover. Era la primera vez que ocurría desde que Él había aprendido a viajar a ese lugar. “¿Qué daño pueden hacerme unas gotas de agua?” Siguió su camino más y más ilusionado, de pronto se tropezó con una piedra y cayó aparatosamente al suelo ¡No importaba! Volvió a levantarse y aceleró aun más el ritmo. Notó una sensación extraña y se detuvo. Sentía algo en la rodilla, estaba maravillado, nunca antes sus fantasías habían sido tan reales... algo cálido le resbalaba por la pierna. Miró. ¡Sangre! Al caer se había hecho una herida y estaba sangrando... Eso sí que era raro, nunca antes se había hecho daño...
“¿Te duele mucho?”
Él alzó la vista sobresaltado. Frente a sus ojos había un niño de su edad mirándole con cara amigable.
“No mucho ¿Quién eres?”
“Vivo aquí cerca y voy a ver a mis amigos ¿quieres conocerlos?”
“Bueno”
No salía de su asombro, no era posible que hubiese más niños ahí sin que él lo supiera... ¡Era genial! Por fin tendría amigos con los que jugar.
Los dos salieron corriendo hasta llegar a la montaña. Ahí encontraron a otros niños (diez o más calculó Él). Tenía la respiración agitada y le dolían las piernas... Estaba cansado... ¡Sentía cansancio!... Nunca antes se había cansado por correr... ¡Qué maravillosa sensación!
Comenzó a jugar con los otros niños, jamás se había divertido tanto, o eso creía ya que de pronto le costaba recordar cosas de su pasado, ni siquiera tenía muy claro cómo había llegado ahí, aunque eso no le importaba, nada le importaba, era inmensamente feliz...
Como cada día se oyó el chasquido de la cerradura en el piso, y tras la puerta apareció mamá que, como siempre, dejó la chaqueta en el colgador mientras preguntaba “¿Dónde estás, cariño?” pero esta vez no hubo respuesta. Ella extrañada repitió la pregunta... nada. Se asomó al salón. El cuerpo del niño yacía inerte sobre la vieja silla de ruedas y una sonrisa radiante iluminaba su rostro...


Gracias, Amigo, por soñarlo conmigo.



ES ASÍ

No es miedo lo que tenemos
sumisión lo llamaría mejor
tú no levantas la voz
pues partes y vas al silencio.

Y sabiendo a lo que hemos venido
conociendo para lo que nacimos
una vida construimos
para completarla y marchar.

Porque por desgracia o suerte
a ti, callada y negra muerte
algún día indefectiblemente
nos tenemos que encomendar.

Y no los valen los pronósticos
ni ser buenos, superiores
jóvenes o mayores,
si abres tus funestos brazos
y nos llamas a tu regazo
no hay nada más de que hablar
ya que no inventaron aún vacuna
ni se descubrió manera alguna
que tu decisión pueda lidiar.

No puedes dejar de existir
lo dice el refrán la vida es así,
lo dice la vida, nacer es morir.


¿y después qué?¿Existen el cielo y el infierno?¿la reencarnación?¿quedará una parte de mi vagando en el mundo de los vivos?, ¿volveré a la tierra, o el viaje acaba así?.


¡Qué mas da! ¿qué importa si después de morir nos van a juzgar o si desaparecemos sin más dejando atrás la frágil memoria de nuestra breve existencia? ¿qué importa si nuestra energía volverá a formar parte de un flujo universal, o si tras la muerte hay nubes y ángeles, demonios, grilletes o Satán? ¿qué importa si arriba somos un número más en una estadística celestial? si nos quedaremos en el limbo, en los Campos Elíseos o a la diestra de Alá?, ¿qué importa si vamos a descansar? ¿qué importa si en esta vida no quisimos aprovechar? ¿qué importa si luego hay otra y sé que contigo me volveré a encontrar? ¿qué importa si existiera ese y para él somos fuéramos un pacto nominal? Un trabajo de ocho horas con posibilidad de hacernos fijos en la eternidad… No hay respuesta segura y posiblemente nunca la habrá, lo que está claro es que vivimos, que estamos vivos, nada más.
Ama intensamente y déjate llevar, quema todos tus recursos y no te olvides de soñar, lucha por tus sueños pero disfrutando del camino, no dejes de pasear. Juega con todas tus cartas tu cuerpo y tu mente, tus sentidos y tu capacidad de fantasear.. . Vive cada vida como si fuera la única y luego... luego ya se verá.

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